VERO BRAVO A 10 AÑOS DEL INCIDENTE QUE CAMBIÓ SU VIDA


La Vero no necesita presentación. Protagonista de un reality televisivo, medio salvaje, medio alocada, esta chica es muy querida en el ambiente deportivo nacional. Hace recién unas semanas llegó de Centroamérica, donde ganó los 80K del TNF Endurance Challenge Costa Rica, y la quisimos poner cara a cara con el episodio más duro que le ha tocado vivir...
 
 
El 21 junio de 2006, Verónica Bravo competía en la primera edición del Patagonia Expedition Race Invernal, carrera de aventura que incluyó kayak, trekking y bicicleta de montaña, y que se desarrolló en las zonas de Torres del Paine y Tierra del Fuego, en el extremo sur de Chile y el mundo.
 
El entorno impactante del invierno patagónico fue el lado amable de la carrera, y su dureza el que sufrió en carne propia la Vero. A punto de perder sus pies por congelamiento, vivió una aventura que nunca olvidará y que en estas líneas revive, 10 años después, para ejemplificar el espíritu deportivo y resiliente de una luchadora en serio.
 
Con otro formato, sin preguntas, dejamos que la Vero nos contara aquel importante episodio de su vida...
 
El Patagonia Expedition Race (PER) Invernal
 
Se trata de la carrera de aventura más extrema del fin del mundo. Se corría en seis etapas donde descubrías la magia del invierno patagónico, y te encontrabas con un escenario impactante: bosques subantárticos, lagos congelados, extensas estepas, ríos gélidos, glaciares colgantes, fiordos profundos, montañas cubiertas de blanco y la mayor diversidad de formas cristalinas de hielo que te puedas imaginar. La versión invernal se corrió solo esa vez, y hoy el PER se corre solo en verano.
 
Cuando partimos la carrera, con mi compañero y capitán del equipo Líder-Al Aire Libre-Uruguay/Chile, el uruguayo Rubén Manduré, el clima era el esperado para la época: cielo azul, precipitaciones mínimas, bajas temperaturas y ausencia de vientos, que es la gran diferencia con otras estaciones del año.
 
El comienzo de todo
 
El sexto y último día de carrera íbamos primeros y con gran ventaja. Luego de terminar de hacer kayak en el lago Despreciado, en Tierra del Fuego, comenzamos con la última disciplina: un trekking de 16K. La adrenalina y ganas de ganar nos llevó a cometer errores, como ponerme unas polainas que me quedaban grandes (una de ellas se me caía). Íbamos apurados, así que decidí sacármela y guardarla en la mochila para luego ponérmela con calma, pero eso nunca sucedió. Otro error fue que nos confiamos de las indicaciones del director del evento respecto de cómo llegar al puesto de control, donde habría una fogata, por lo que veríamos el humo como indicativo. Por esto, no miramos con detención el mapa, guardándolo en la mochila también.
 
Según las indicaciones, comenzamos a caminar por el lago Deseado que en ese entonces estaba congelado. Di un par de pasos mientras me arreglaba los guantes y el hielo se quebró. Recuerdo exactamente ese momento y los mini segundos en que sentí un puñetazo en el pecho al contacto con el agua. Mi compañero me ayudó y seguimos adelante. Vimos al director del evento que nos señalaba irnos por un bosque achaparrado. En ese lugar la nieve nos llegaba a las rodillas y el hielo se adhería a la ropa. Ese día la temperatura era de -22°C...
 
Se sintió muy largo ese trayecto y siempre estuvimos mojados, así que comenzamos a sufrir los síntomas de hipotermia. Yo avanzaba casi sin pensar, era como una voz o una parte separada de mí que me decía que no parara, sin querer saber si estaba herida. Y la otra parte de mí -mi cuerpo-, solo obedecía. Recuerdo que disfrutaba extrañamente de una sensación de calidez. Fue una lenta reducción, no solo física, sino de mi ser completo. Todo esto lo relato con más detalle en un libro que estoy escribiendo.
 
Con lo último que entrega el cuerpo
 
Comenzaba a quedarme atrás y mi compañero me daba ánimos, pero luego ya no lo escuchaba y él también comenzó con síntomas de hipotermia. Solo recuerdo que intentaba no dormirme caminando, pero ya no me podía ayudar ni con mis manos porque no sentía los dedos dentro de los guantes. No podía coordinar mis movimientos y no era capaz de gritarle a mi compañero para decirle que me sentía mal. Tampoco podía detenerme para calentarme las manos. La orden de mi cabeza era avanzar y salir pronto de ahí porque empezaba a anochecer.
 
Hay un lapso de tiempo que no puedo recordar ni entiendo lo que sucedió. Lo único que sé es que una dupla nos alcanzó y pasaron a ser mi salvación: Víctor González y Diego Banfi. Ellos contaron después que me tomaron fuertemente de los hombros, me levantaron, me gritaban y pegaban en la cara para que reaccionara. Recuerdo haber despertado y ver que uno de ellos mascaba un cereal y me lo trataba de meter en la boca con mucho cuidado ya que tenía la mandíbula congelada y no podía siquiera modular. Mis manos no las sentía y entre los guantes había hielo, por lo que estaban pegados. Estaba muy mal, y de repente volví en sí y recordé a mi padre diciéndome “Mujer de Hierro, hija lucha”, pero yo no podía luchar, estaba ida totalmente. Él había fallecido el año anterior y aún entonces no podía superarlo.
 
Luego comenzamos a avanzar con mi compañero y la ayuda de ellos. Cada cierta cantidad de pasos me caía, así que me gritaban para mantenerme consciente, hasta que esa dupla se alejó una vez que ya nos encontrábamos mejor. Retomamos la ruta y seguimos en carrera. Pasamos por el punto de control y resulta que la persona del PC llegó tarde y para cuando encendió la fogata nosotros no nos percatamos.
 
Ya nos encontrábamos mejor de ánimo pero seguíamos avanzando lento, a través de mucha nieve. Salimos a un camino vehicular quedando muy poco para llegar y recién en ese momento, cuando pude pisar tierra más firme, me di cuenta de que tenía formada una especie de armadura de hielo de unos 5 centímetros de grosor sobre las zapatillas, y no podía desprenderme de ella.
 
Al llegar a la meta se formó un caos. Todos querían ayudar pero nadie tenía el suficiente conocimiento sobre qué hacer ante situaciones como esa. Con cuchillos, navajas y alicates trataban de sacar la capa de hielo de mis pies, casi puestos encima de una fogata. Me trasladaron a un recinto militar y luego de muchas horas pudieron quitar el hielo. Mi piel estaba completamente adherida a la media y había mucho daño, y los dedos morados.
 
Un empinado camino, y la esperanza
 
Al siguiente día comenzó lo peor: me trasladaron al Hospital Público de Punta Arenas, pabellón tras pabellón, aseos quirúrgicos, operaciones... y casi me tuvieron que amputar los dedos. Pero gracias a la intervención del Dr. Arturo Paillalef, médico cirujano del hospital en ese entonces, y hoy destacado cirujano plástico en la Región de Valparaíso, pude salir airosa de la primera parte de esta historia, después de largos meses hospitalizada en Punta Arenas. Fuera de todo el proceso, descubrí otro mundo en el hospital. La relación humana entre paramédicos, enfermeras, personal de aseo y doctores. Durante los primeros meses de hospitalización, ellos pasaron a ser mi segunda familia, al igual que la gente de Punta Arenas. Me visitaban familias constantemente y me motivaban a seguir luchando. Luego fui trasladada a Santiago, al hospital del Trabajador ACHS, gracias a un aporte de la familia de corredores del Columbia Challenge y al programa Deporte 2000 de TVN, dirigido por la productora Río Negro TV. En Santiago fui recibida por el equipo de cirugía plástica, especialistas en quemados a quienes volví locos con mi caso. Ellos realizaron milagrosas operaciones en mis pies, colgajos e injertos con epidermis de tiburón, que por primera vez en Chile se utilizaban sobre los tendones.
 
Finalmente, después de seis meses de hospitalización y 14 operaciones fui dada de alta. Tuve que aprender nuevamente a caminar debido a la atrofia muscular y pies de equino que presentaba. De todas formas, me consideraba optimista porque de algo si estaba convencida: ¡¡¡ME ENCONTRABA VIVA!!! Y creo que esa actitud ante la vida lo es todo.
 
“Si sientes dolor es porque estás vivo”
 
Durante el período de hospitalización me mantuve optimista, pero el bajón me vino cuando me dieron de alta, muchos meses después. No podía hacer las cosas que antes solía hacer y tuve incluso que congelar la universidad. No podía sostenerme en pie más de un minuto. Era complicado hasta tomar locomoción colectiva porque al estar parada el dolor era intenso. Y la gente no sabe que te sientes así, solo te ve dada de alta y punto. Pero la inserción y la rehabilitación fue muy dura para la mente y el corazón. Y a esto agregar lo económico. Además de todas las donaciones y ayuda, terminé de pagar mi tratamiento con mi participación en el reality Pelotón, de TVN.
 
Me enfrenté dentro de un ring contra la naturaleza y terminé knock out. Las quemaduras por congelamiento en ambos pies, la exposición de maléolos y el daño en el tendón de Aquiles izquierdo tuvieron como resultado 14 operaciones, siete meses de hospitalización y muchos días de mi vida que fueron una verdadera eternidad.
 
Y también quedaron secuelas, como tener un poco más corto el tendón de Aquiles del pie izquierdo y cicatrices muy visibles por los injertos. También hoy siento que pierdo la sensación en los extremos de los dedos, tanto de mis pies como de las manos, mucho más rápido que antes del accidente.
 
Este accidente cambió mi vida. Antes me motivaba viajar por viajar, competir por ganar; pero ahora corro por vivir, por filosofía y libertad, corro en armonía alcanzando un todo. He vuelto a tener experiencias límite, pero las he enfrentado con responsabilidad y sin temor. De hecho me ha tocado, en muchas oportunidades volver a competir en lugares extremos como ese, sobre nieve eterna, frío extremo, pero si no corremos riesgo, ¿qué gracia tiene la vida?

Su presente en el trail running
 
A través del trail running puedo experimentar ciertas sensaciones de flujo que no conseguía antes. Y cada vez que corro esas sensaciones se vuelven más intensas, sintiéndome a la vez parte de algo grande que convierte lo que hago en algo valioso para mí. A pesar de que sigo realizando multideporte, desde hace un tiempo correr se tornó un estilo de vida, y agradezco a la vida estar aquí… En unos meses haré una carrera de aventura y espero también disfrutar del arte del desplazamiento.
 
Deportivamente, me pone feliz lograr una conexión tan exquisita con la naturaleza, disfrutar el esfuerzo, sentir el cansancio pero a la vez lograr ir más allá, reflexionar con mi respiración, fortalecer mi espíritu mientras hago deporte, recordar luego de competir o terminar un reto el camino recorrido, llegar a la meta ver y abrazar con fuerza a quien amo, y saber que mi familia, madre y hermanas están cerca aunque lejos. No concibo la vida sin todo esto.
 
Y así como tengo esos motivos de felicidad, me pone triste que te juzguen por un retiro en carrera sin sopesar el por qué, solo viendo lo negativo. Me entristece no tener los medios suficientes para, por lo menos, vivir en un lugar mejor, pero lo que me pone constantemente muy triste es que mi padre ya no esté presente...
 
Un mensaje a quienes la han tenido difícil
 
Sean seres resilientes y vuelvan a conectar todas sus dimensiones. Solo así renacerá el ser ancestral que la cultura nos enseñó a dividir. Sintonicen mente, corazón y espíritu, es así como no sentirán el esfuerzo. Solo si están en paz y armonía podrán fluir.
 



   



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